martes, 25 de julio de 2017

El timo de las tarifas low cost en los vuelos transatlánticos



Cuando una persona coge el vuelo que cubre el trayecto Barcelona-Buenos Aires (13:45 horas sin tocar el suelo), espera poder meter en la bodega del avión un par de maletas, que le sirvan al menos tres comidas y varias bebidas, que le faciliten una almohada, una mantita y un antifaz para poder echar una cabezadita y poder usar el wifi para distraerse un poco. Pues cuidado con que compañía deciden volar porque todo esto le puede salir por un ojo de la cara.  

Las compañías aéreas low cost, tan habituales en el continente europeo, empiezan a volar al otro lado del charco y ofrecen vuelos de larga distancia a unos precios que quitan el hipo, muy por debajo de los de las compañías tradicionales. ¿Dónde está el truco? Intentamos explicárselo con un ejemplo.

Volar desde Barcelona a Nueva York a mediados de septiembre cuesta 457 euros con Iberia, 446 con United y sólo 376 con Norwegian. En las dos primeras compañías, el precio incluye la facturación de una maleta de hasta 23 kilos, comidas y bebidas a bordo del avión y un paquete con almohada y manta para poder dormir. En el tercer caso, sólo tiene derecho al asiento, a una pequeña maleta de mano en cabina y a usar el cuarto de aseo. ¿El resto? Pues lo tendrá que pagar.


Norwegian y Level (filial de IAG-Iberia) son las primeras compañías que ofertan vuelos transoceánicos a precios muy económicos… siempre que usted se conforme con los servicios mínimos indispensables. Y no es lo mismo viajar a Londres en un par de horas que a Buenos Aires. Así, facturar una maleta en estas compañías le costará entre 20 y 150 euros según destino; la almohada y el antifaz 12 euros; el wifi a 8 euros la hora, 30 para todo el trayecto y, según lo que desee comer o beber, le cargarán 8 euros por un bocadillo de tortilla de patatas o bacon con queso, 5 por un Yatekomo de Gallina Blanca (1,60 en el super), 9 por unos macarrones a la boloñesa, 4 por unas patatas fritas o un café, 5 por un tercio de cerveza o 7 euros de un mojito (un vasito, no toda la botella).

Calculando por encima lo que un pasajero no muy caprichoso puede gastar en un vuelo que se alarga más de siete horas, a la tarifa de Norwegian de 376 euros del vuelo Barcelona-Nueva York del ejemplo anterior, habría que añadirle un centenar de euros de “gastos” en la cabina del avión, por lo que el trayecto, finalmente, le vendría a costar unos 476 euros, entre 20 y 30 euros más que con las compañías tradicionales.



¿Timo? Ustedes deciden.  Lo que si es cierto es que el consejero delegado del grupo IAG, Willie Walsh, se mostraba tremendamente sorprendido en el mes de junio por la gran aceptación que habían tenido los vuelos intercontinentales de bajo coste de su filial Level. En apenas dos meses y medio habían logrado vender 135.000 billetes. ¡Hasta el jefe alucinaba con los clientes!

viernes, 14 de julio de 2017

Vecinos de Hamburgo limpian los destrozos de los radicales tras el G-20



El pasado fin de semana se celebró la reunión del G-20, grupo de los principales países industrializados del mundo, en la ciudad alemana de Hamburgo. Paralelamente a estas reuniones de los principales mandatarios del planeta, suele realizarse una “quedada” de grupos antisistema, en este caso de media Europa, para, según ellos, protestar “pacíficamente” sobre los más diversos temas, ya sea la globalización, el capitalismo, el calentamiento global, la pobreza en el tercer mundo o cualquier otro asunto que esté de moda en esos momentos.

Todo muy bonito y socialmente responsable, pero la cruda realidad es que este llamamiento hacia la solidaridad entre humanos se tradujo en esta ocasión en la llegada a Hamburgo de miles de gamberros e indeseables, sobre todo de extrema izquierda dispuestos a “hacerse oír”. ¿Resultado? Decenas de policías heridos, unos pocos detenidos (que en pocas horas volvieron a la calle), destrozos millonarios y una ciudad que daba pena verla al día siguiente.


Está claro que los alemanes están hechos de otra pasta y ya el mismo domingo, una ciudadana llamó a través de Facebook a sus convecinos a salir a la calle “con escobas y estropajos” para limpiar desperdicios y eliminar los miles de pintadas que dejaron los salvajes. Miles de personas se sumaron al llamamiento y durante varios días se vieron por el centro a brigadas ciudadanas colaborando para tratar de recobrar la normalidad en las zonas más afectadas por los destrozos. Rebecca Lunderup, la joven de 22 años que inició el movimiento, dijo “querer mostrar al mundo cómo es Hamburgo realmente”; “queremos dar una imagen distinta a la de las barricadas ardiendo”. A la vista de las fotografías, trabajo tienen por delante.


No hay dudas de que la alemana es una sociedad muy madura y este ejemplo lo corrobora. ¿Imaginan qué hubiera ocurrido aquí, en España? Para empezar, el ayuntamiento de la ciudad en cuestión (en las grandes ciudades gobiernan los partidos satélite de Podemos) hubiera dictado un bando prohibiendo la circulación en vehículos de los vecinos para no entorpecer las manifestaciones y eliminando cualquier tope sonoro para que se pudieran expresar libremente con cualquier medio a su alcance. Además, seguramente les subvencionaría los transportes para que no tuvieran impedimentos a la hora de desplazarse y les habilitaría tiendas de campaña en las principales plazas del centro de su ciudad para que pudiesen descansar y comer los bocadillos que amablemente les suministrarían gratuitamente.

En los medios de comunicación, saldrían en portada con sus pancartas pacifistas (nada de disturbios ni barricadas) y pondrían el grito en el cielo ante las hipotéticas cargas policiales contra personas que ejercían su derecho de manifestación.


La sociedad se dividiría entre las críticas a los mandatarios por permitir la celebración de la cumbre del G-20 en la ciudad, los que protestarían contra la policía por no prevenir los disturbios y ejercer la violencia desmesurada contra los pobres manifestantes y los que se quejarían porque, pasadas unas horas de los incidentes, los servicios de limpieza no hubiesen dejado las calles como una patena. Incluso habría quien criticaría a los comerciantes por exagerar los daños en sus establecimientos y otros que verían inaceptable y sectario que algunos vecinos intentasen limpiar los mensajes que los manifestantes hubiesen dejado en las paredes, bancos o paradas de autobús.


Estoy seguro de que se criticaría a todo el mundo excepto a los salvajes que habían destrozado su ciudad y a los partidos políticos y medios de comunicación que los habían alentado y justificado. Por eso nos va como nos va. Por eso nunca seremos Alemania.

miércoles, 12 de julio de 2017

¿Tuvo el Rey Juan Carlos I cinco mil amantes? Conozca su historia



El ex-coronel del Ejército Español, Amadeo Martínez Inglés, publicará en breve el libro “Juan Carlos I: el rey de las cinco mil amantes” editado en la editorial portuguesa Chiado (suponemos que ninguna editorial española se ha atrevido a hacerlo), una biografía lógicamente no autorizada del monarca emérito español que promete no dejar indiferente a nadie.

Ya sabíamos de sus escarceos amorosos, de los rumores que corrían sobre la identidad de sus amantes y de que no se acuesta con la Reina Sofía desde hace más de 40 años, pero… ¿5.000 amantes? Éste hombre no deja de sorprendernos.

Como adelanto del libro, les dejo unos sabrosos párrafos que abarcan distintas épocas.

“Durante el tiempo que estuvo en la Academia Militar de Zaragoza (1955-1957), el cadete Juan Carlos pernocta fuera los fines de semana y los aprovecha para acudir con el pequeño grupo de cadetes vips a fiestas privadas donde practica sexo con el amplio colectivo de jovencitas de la clase media alta zaragozana, muchachas que a pesar del nivel de austeridad y nacional catolicismo de la época franquista, siempre estaban dispuestas a complacer a los distinguidos alumnos de la Academia. También acude el joven Borbón a hoteles de lujo de ciudades cercanas y a establecimientos seleccionados de Zaragoza (como el Gran Hotel donde dispone de una suite de lujo pagada generosamente por su entorno protector militar) para relacionarse íntimamente, a pesar de su edad, con mujeres hechas y derechas”.

Pero “campechano” no se circunscribía exclusivamente a Zaragoza: “en la primavera de 1956 conoció a Liliane Sartiau en París y tras casi 10 años de esporádicos encuentros, la relación culminó con el embarazo de la joven y el nacimiento de su hija Ingrid. Ésta, conocedora de la identidad de su padre biológico, promovería en el año 2012 su reconocimiento oficial como hija natural del monarca español, llegando hasta el Tribunal Supremo de España. Como era de esperar, este tribunal desestimó en 2015 su petición, negándose a investigar el asunto a pesar de que la probabilidad del ADN era del 99,9%. Lo mismo le ocurriría al ciudadano español Albert Solé Jiménez nacido de la relación de María Bach con el entonces cadete Juanito”.

Su matrimonio con la Reina Sofía en 1962 no logró frenar a Juan Carlos. Su relación fue deteriorándose por las constantes infidelidades hasta que en 1976 le pilló con Sara Montiel (algo que la artista siempre negó). A partir de entonces, el matrimonio mantendría una relación estrictamente profesional hasta el día de hoy. Ya casado, el Rey llegó a simultanear hasta 10 amantes a la vez valiéndose de lujosos “picaderos” situados fuera de Madrid, habitualmente en Extremadura, Andalucía y Castilla-La Mancha. El medio de transporte más utilizado era el helicóptero, a disposición permanente del Rey, aunque también solía utilizar coches deportivos y motos de gran cilindrada”.

Por último, reseñar el capítulo entero dedicado a la historia pasional entre Juan Carlos y Bárbara Rey, que el autor define como el mayor escándalo sexual de la monarquía borbónica. Más de 15 años de encuentros amorosos con tintes de novela de espías, con chantajes, intervención de los servicios secretos (CESID), vídeos y audios comprometedores e incluso sospechas de que la muerte accidental del periodista Antonio Herrero (vecino de la artista en Marbella y sabedor de todo el tema) no fue tan accidental.
Éste es el resumen por “etapas” de las amantes de nuestro “Rey Emérito”:


Entre las “afortunadas” que compartieron cama con “campechano”, el autor destaca a  Olghina de R., Marta G., Raffaela C., Paloma SB., Nadiuska, Lady D., Carmen D de R., Anne I., Sandra M., o Julia S. ¿Les suena alguna?

Dos consideraciones personales antes de acabar. La primera es la cifra a la que se refiere el autor del libro: 5.000 parecen una exageración. Si observamos el cuadro con el resumen, hay épocas en las que debería haberse acostado con cuatro mujeres diferentes a la semana durante varios años. ¡Y sin repetir con ninguna! ¿Tan mal lo hacía que ninguna quería volver a pasar la experiencia?

La segunda es el autor del libro. Amadeo Martínez Inglés sirvió durante más de 40 años en el Ejército de Tierra Español (empezó en plena época franquista) y en 1990 quedó apartado del servicio activo tras haber pasado cinco meses en la prisión de Alcalá de Henares por sucesivas faltas disciplinarias. Fue entonces cuando inició una carrera política en Izquierda Unida que terminó tres años después cuando acusó a su líder Isabel Herreros de malversación de fondos públicos y desvío de dinero y al presidente de la coalición, Julio Anguita, de “tratar de tapar todo el tinglado”. Ya en 2008, publicó “Juan Carlos I el último Borbón”, best seller en el que ya se despachaba a gusto con el Rey y en la actualidad colabora con sus artículos en diferentes medios de comunicación digitales. ¿No les parece un tanto sensacionalista su currículum? ¿Es de fiar?


Sea como fuere, lo que está claro que quien ha ostentado el máximo cargo en nuestro país durante 39 años es todo un personaje. Y aquí solo hemos hablado de su vida sentimental, por que si nos metemos en amistades, relaciones familiares y negocios (muchos de ellos turbios) alrededor de medio mundo, tenemos para cinco libros más. ¿Cómo es posible que “campechano” haya mandado durante tanto tiempo en España y que la población todavía sienta simpatía por él? Así nos va. 

sábado, 13 de mayo de 2017

Evite las colas y no pase cuatro años de su vida en ellas



En un mundo repleto de mediciones y estadísticas, no es de extrañar que podamos saber en qué invertimos el tiempo que nos toca pasar en este mundo. El ser humano del siglo XXI dedica una media de 6 años de su existencia a navegar por internet; 4 años comiendo; 11 años viendo la televisión; apenas 115 días riendo; 27 días esperando el autobús, el tren o el metro y la friolera de 4 años guardando colas, ya sea en el supermercado, en el cajero, en el cine, en un atasco, en las oficinas de hacienda o esperando para entrar a ver un partido de fútbol. 

No me negarán que el concepto de cola en sí mismo resulta curioso. Según el experto de la Universidad de Houston, Dave Fagundes, una cola se forma “cuando el número de personas que busca un mismo producto o servicio excede al número de personas disponible para atenderles”. Así, lentamente, de manera espontánea, sin reglas y sin que nadie nos instruya explícitamente de cómo hacerlo, se va formando una hilera física en la que todos (o casi todos) nos comportamos civilizadamente, incluso amablemente y esperamos en orden a que nos llegue el turno rodeados en la mayoría de las ocasiones de extraños con los que quizá no volvamos a cruzarnos en nuestra vida. Es un caso excepcional de “orden sin ley”, algo verdaderamente extraño en nuestros días.


Las colas, evidentemente, generan impaciencia. ¿Cómo evitarla? Los científicos se han pasado mucho tiempo estudiando el comportamiento de las personas cuando están en una cola y ya se aplican muchas de sus recomendaciones. ¿Saben por qué se inventaron las filas únicas o colas en serpentina? Aparte de que reducen el tiempo que pasamos esperando, disminuyen la ansiedad del cliente porque no se comparan con otras colas paralelas para valorar si son más rápidas y, además, se evitan el trance de elegir una de las colas y la frustración de que sea precisamente esa la que más lenta se desplace.

Si en un aeropuerto o en un parque de atracciones nos indican que el tiempo de espera es de 15 o 30 minutos y nos hacen caminar por una serpenteante cola no es algo casual. Está demostrado que la impaciencia disminuye si caminamos, nos distraemos y tenemos una estimación, aunque sea imprecisa, del tiempo de demora.

¿Por qué hay establecimientos de comida rápida en los que pedimos en un sitio, pagamos en otro y recogemos en un tercero? Pues porque al dividir la espera en tres partes y desplazarnos de un sitio a otro, nos parece mucho menor el tiempo empleado.


Cuando se erigieron los primeros rascacielos en Nueva York, los usuarios se quejaron de su lentitud. Pasaban largos minutos hasta llegar a los pisos más altos y hablar del clima con los vecinos se hacía demasiado tedioso. A alguien se le ocurrió la genial idea de forrarlos de espejos. Los ocupantes se arreglaban el pelo o se rehacían el nudo de la corbata y se olvidaban de contar los minutos. Ignorar el reloj y distraerse es la forma más efectiva de derrotar a la impaciencia.

Si una cola tiene más de seis personas nos lo pensamos dos veces antes de unirnos a ella y esperamos de mejor humor si la cola detrás de nosotros es larga. Raramente la abandonamos e incluso nos sentimos afortunados por estar más adelante.

Esperamos más cómodos y relajados en la cola si la distancia con la anterior y la posterior persona es de al menos 15 centímetros, si la luz es tenue, si las paredes son azules o verdes y si escuchamos canciones de pop clásicas, nunca baladas ni últimas novedades.


Si hay una gran aglomeración de personas, es imposible no hacer colas; no existe la varita mágica que lo evite. Pero si les podemos dar unos consejos para ganar un poco de tiempo:

- Observe unos segundos las colas antes de incorporarse y decídase por la que avance más rápido, aunque sea más larga. La mayoría comete el error de escoger la más corta y lenta.

- Conviene elegir la cola con más hombres. Son más impacientes y propensos a irse si la espera se prolonga.

- Lo lamentamos pero es la realidad: las colas con personas mayores son mucho más lentas

- En los supermercados solemos huir de las colas con carros muy cargados. Piense siempre que no retrasa el paso de los productos sino la interacción con los clientes: la frase de bienvenida, pagar, recoger el comprobante…

- Los diestros suelen escoger inconscientemente la cola de su derecha. Como existen menos zurdos, las colas más rápidas suenen ser las de la izquierda.

- ¿Ha probado conseguir ese producto o servicio por el que va a hacer la cola a través de internet? Con un simple clic, en muchas ocasiones se consigue lo mismo.


Con que lográsemos rebajar en un 15% el tiempo que le dedicamos a las colas, le ganaríamos más de seis meses a nuestra vida. ¡La de cosas que se pueden hacer en ese tiempo!


domingo, 7 de mayo de 2017

Menores impuestos, mayor recaudación. El ejemplo inglés de la curva de Laffer



Nos hinchan a impuestos. No estoy descubriendo nada nuevo; ya lo notamos todos en nuestros bolsillos. La mastodóntica burocracia imperante es insaciable y cada vez nos piden más y más para, según los políticos, mejorar “el estado del bienestar”, una irónica manera de denominar a sus cuentas corrientes. Pero, ¿con mayores impuestos se logra recaudar más? Parece que no y esto lo demuestra la “curva de Laffer”.  

En realidad, el economista Arthur B. Laffer enunció una teoría bastante simple: los ingresos fiscales aumentan con la subida de tipos de los impuestos hasta que rebasan cierto umbral. A partir de ahí, se mantienen durante un tiempo para luego bajar. Y al contrario: a menores tipos, primero bajan los ingresos para luego subir a niveles superiores a los iniciales. Les ponemos dos ejemplos que suceden ahora mismo en el Reino Unido que demuestran esta teoría.

El exministro de finanzas del gobierno británico George Osborne anunció en diciembre de 2014 una subida en el Impuesto de Actos Jurídicos Documentados (stamp duty) para obtener una mayor recaudación en la compra-venta de grandes activos inmobiliarios aprovechando el boom inmobiliario inglés, sobre todo en su capital, Londres. Este aumento se traducía en 19.000 libras de más para casas de 1,5 millones y 39.000 para las valoradas en 2,5 millones de libras.


En un principio, esta subida se tradujo en un repunte de la recaudación. El primer ministro David Cameron sacó pecho en 2015 diciendo que se había generado un aumento de los ingresos fiscales de 320 millones de libras, un 15% más. Pero el efecto duró poco y en el primer semestre de 2016, la recaudación, comparada con el año anterior, ha pasado de 1.079 millones a sólo 636. ¿Por qué? Pues porque durante los primeros meses tras la entrada en vigor del nuevo impuesto, las operaciones de compra-venta formalizadas habían sido pactadas con anterioridad, de ahí el aumento. Pero una vez agotadas esas operaciones, la medida de Osborne congeló el mercado y, de paso, dejó al Tesoro con un agujero inesperado en las cifras de recaudación. Y puede que vaya a peor puesto que los datos preliminares del segundo semestre hablan de un nuevo deterioro y más aun con la incertidumbre generada por el Brexit.

Suben los impuestos para recaudar más y consiguen lo contrario además de paralizar el mercado inmobiliario y, con ello, la economía. Un fenómeno el tal Osborne.

Y es difícil llegar a comprender este grave error puesto que la Era Cameron nos deja un claro ejemplo de cómo un país puede beneficiarse de un correcto entendimiento de la Curva de Laffer. Veamos qué ocurrió con el Impuesto de Sociedades:

En plena crisis económica, el gobierno del laborista Gordon Brown había apostado por un modelo de tributación empresarial con el impuesto de sociedades del 28%, muy superior al de la mayoría de economías desarrolladas. Con la llegada del conservador Cameron, el tipo empezó a descender paulatinamente desde el 28% de 2010 hasta el 20% de 2016.


Según el departamento de análisis del Tesoro Británico, la medida generaría pérdidas recaudatorias de entre 3.700 y 5.000 millones de euros. No podían estar más equivocados: desde que los conservadores de Cameron empezaron a reducir el Impuesto de Sociedades, la recaudación ha aumentado cerca de un 30%, pasando de 41.712 millones de euros en 2010 a 50.561 en 2016, apoyado, todo hay que decirlo, en una mejora de la economía en general durante este periodo.

Ahora es el propio departamento de estudios del Tesoro (allí no les duele reconocer los errores) quien reconoce que durante las dos próximas décadas, la rebaja del Impuesto de Sociedades va a contribuir a aumentar la inversión, el PIB y los salarios y ya se está proponiendo que se siga recortando hasta llegar al 17%.


Una rebaja fiscal no tiene que traducirse en una menor recaudación sino todo lo contrario: un marco fiscal más favorable contribuye a aumentar la actividad económica, lo que genera ingresos fiscales superiores. Y esto no solo ocurre con las sociedades mercantiles puesto que las rebajas de impuestos a los ciudadanos provocan un mayor consumo por parte de éstos, lo que se traduce en una mayor recaudación y aumento de los puestos de trabajo.

¡Cuánta falta hace que los políticos lean (y comprendan) algo más de economía!



martes, 25 de abril de 2017

Espirulina: el alimento-milagro que tampoco nos curará



Los humanos siempre estamos buscando el alimento ideal, esa panacea que al ingerirla nos cure de todos los males que nos acechan. No hace mucho se pusieron de moda las bayas de Goji, la quinoa o la maca y algunos no dudan en comprar alimentos sin gluten o leche sin lactosa aunque no sufran ninguna intolerancia y sean mucho más caros. ¡Todo sea por la supuesta mejora de la salud! Ahora le toca el turno a la espirulina, ¿para qué sirve?

La espirulina es una cianobacteria (alga verdeazulada) de alto contenido proteínico, fuente de hierro y del grupo de vitaminas B.  Se suministra en polvo o en comprimidos y el precio por cada 100 gramos ronda los ocho euros.  

Sus defensores sostienen que puede utilizarse en tratamientos contra la obesidad, la diabetes, la anemia, la caída del cabello, el colesterol alto, las úlceras intestinales y hasta para el tratamiento de tumores precancerosos en el interior de la boca. Lo consideran el antídoto de la desnutrición global por su facilidad de cultivo y afirman que, al cubrir carencias nutricionales, quien la consume comprueba al momento que “tiene mucha más energía”.

Por supuesto, su ingesta no supone ningún peligro para las personas, siempre que no se abuse o esté en malas condiciones, pero ¿es tan milagrosa como la pintan? Pues, al parecer, no.


Según la Biblioteca Nacional de Medicina de EEUU, sus beneficios en el Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad o en el Síndrome de Beige -como afirman los promotores de este “superalimento”- no están, ni de lejos, probados, así como tampoco lo están en los casos de fatiga, ansiedad o enfermedades cardíacas.

Pero hay quien llega más lejos, como el nutricionista y escritor Juan Revenga, quien afirma que “aunque su composición es alta en proteínas, en comparación con otros alimentos tiene lo mismo. Se puede conseguir de forma mucho más barata y con unos hábitos más saludables a largo plazo.

La misma opinión tiene el bioquímico de la Universidad Politécnica de Valencia, José Miguel Mulet: “La espirulina es el típico alimento de moda que se obtiene de una bacteria. No es mágico y todo lo que aporta se puede conseguir de otras formas. ¿Proteínas? Tiene más una pechuga de pollo. ¿Vitamina B12? Tiene, pero nuestro cuerpo no la puede asimilar. Los superalimentos no existen, es puro marketing. Hay dietas mejores o peores, pero no basta con algo individual.”


¿Cuánto durará la fiebre por la espirulina? Pues lo que tarden en cansarse las estrellas de cine (como Gwyneth Paltrow) en promocionarla y en “descubrir” otro alimento que, esta vez sí, servirá para curar todos nuestros males, presentes y futuros. Los humanos somos así: necesitamos creer promesas que son imposibles de cumplir.



martes, 18 de abril de 2017

El rescate autonómico nos cuesta el cuádruple que el de las cajas de ahorros



En el ideario popular ha calado el mensaje difundido por los partidos y medios de comunicación de la izquierda española de que el rescate bancario es el que ha arruinado a España y que si ese dinero se hubiese utilizado para ayudar a la gente que se ha empobrecido durante la crisis en nuestro país, no habría paro, ni pobreza, ni desigualdad… vamos, que estaríamos en una especie de Disneylandia a la española. Pues, lo sentimos, pero no es verdad.

Aclarar antes que nada que el famoso “rescate a los bancos” en realidad no fue tal, ya que casi el 100% del dinero prestado por el MEDE (Mecanismo Europeo de Estabilidad) para el rescate del sistema financiero fue a parar a las, hoy casi desaparecidas, Cajas de Ahorros, unas instituciones muy queridas por nuestros políticos ya que les proporcionaban un retiro dorado tras su paso por ayuntamientos o parlamentos regionales, a la vez que les servían para financiar cualquier estúpido proyecto que se les ocurriese, sin que les recordasen que sería ruinoso para todos.

Por supuesto, no ocurría nada similar con los bancos privados, siempre pendientes de obtener beneficios con los que retribuir a sus accionistas. Es la diferencia entre lo público y lo privado…

España tenía en 2007, antes de la crisis, una deuda pública equivalente al 35,5% del PIB de ese año. Desde entonces, ha aumentado en 723.000 millones de euros, 63,8 puntos, hasta llegar al 99,4% del PIB. Traducido: necesitamos todo lo que producimos en un año para liquidar nuestra deuda, o sea, imposible pagarla.


En concreto, bajo el gobierno del PP la deuda ha crecido desde el 69,5% de finales de 2011 hasta el 99,4% actual. En el Proyecto de Presupuestos Generales del Estado para 2017 nos aclaran las causas principales de ese aumento:

- El rescate de las cajas de ahorros, tal como se puede apreciar en el cuadro adjunto, le ha supuesto a la evolución de la deuda pública  4,4 puntos porcentuales de variación en la deuda pública con respecto al PIB.

- El rescate de otros países de euro, o sea, la contribución de España al MEDE concedido a otras economías europeas en dificultades, ha supuesto 2 puntos de variación.

- El fondo de amortización del déficit eléctrico 0,8 puntos. (Ojo, parece poco en porcentaje, pero son cerca de 10.000 millones)

- El déficit primario (excluyendo los intereses de la deuda) ha incrementado el desfase en 12,9 puntos.


Y ahora viene lo bueno:

- El pago de los intereses de la deuda ha conllevado un incremento de la misma en 15,8 puntos porcentuales. Más deuda… más intereses. Y eso que últimamente, los intereses están por los suelos: ¡menos mal!

- La puesta en marcha por parte de la Administración Central de los mecanismos extraordinarios de liquidez para facilitar a las Administraciones Territoriales el acceso a financiación a un coste razonable y para facilitar el pago de las deudas con los proveedores y acabar así con ese mal endémico que es la morosidad pública, generaron un aumento de la deuda pública sobre el PIB de 16,9 puntos porcentuales. ¡Más de 170.000 millones en apenas 4 años para tapar los pufos autonómicos! No es de extrañar que algunas comunidades, como la valenciana, empiecen a “exigir” una quita de la deuda.

Si a esos 170.000 millones le sumamos la parte de los intereses que no se hubiesen generado durante los cuatro años si no se les hubiesen prestado a las autonomías, la cantidad resultante es estratosférica.

¿Quién sobraba, las cajas o las autonomías? Las primeras prácticamente ya no existen, las segundas… ¿A que no han oído a ningún político de izquierdas culpar a las autonomías de la pobreza o de la desigualdad en España?