jueves, 15 de octubre de 2015

885 chivatos ayudan a Hacienda a recaudar. Socios, divorciados, amigos…



Ex parejas, despedidos, familiares, ex socios, competidores, hackers… cualquiera puede ser un enemigo en la sombra que le delate ante Hacienda por prácticas fiscales fraudulentas o por eludir el pago de impuestos.

Desde que se promulgó la Ley General Tributaria en 1963, cualquier ciudadano español puede denunciar ante los organismos oficiales a aquel o aquellos que cree que pueden estar defraudando. Y si hasta 1986 podía moverle un interés crematístico ya que el denunciante percibía el 26% de las sanciones cobradas, a raíz de la reforma de la ley en ese año ya solo puede tener otros intereses puesto que no tiene derecho a participación en posibles sanciones.

¿De qué cantidad de chivatazos estamos hablando? La crisis ha disparado las cifras y si en 2012 la Agencia Tributaria inspeccionó a 697 posibles defraudadores, en 2013 se pasó a 755, en 2014 a 872 y en lo que llevamos de año se ha llegado a 885, esperando sobrepasar los 1.200 cuando termine diciembre. Aunque esos son solo los casos abiertos ya que las denuncias recibidas sobrepasan todos los años las 10.000.


No todas las denuncias desembocan en una inspección. La AEAT analiza todas las que se presentan pero solo utiliza aquellas que en conjunción con otras informaciones,  ya sean reiteración de denuncias, nuevas pruebas o identificación suficiente, desencadenen la atención de la Inspección y la posterior comprobación, ya sea por parte de la Agencia o por otros organismos como la Seguridad Social o las autoridades contra el blanqueo de capitales.

Tal como ya hemos dicho antes, estos chivatos no obtienen con su acción ningún tipo de beneficio, ni exención; ni siquiera el perdón en caso de que también estuvieran implicados en las prácticas corruptas denunciadas. Entonces, ¿por qué lo hacen? Supongo que algunos lo harán por su convicción en el rigor del cumplimiento con Hacienda, pero estoy seguro de que a la gran mayoría los moverá alguna historia de resentimiento, ya sea porque se trate de un empleado despedido de una empresa, de un socio que se sienta engañado,  de una disputa familiar, de un cónyuge despechado o, incluso, de una empresa que quiera eliminar a un competidor.  


¿Chivatos o ciudadanos comprometidos? Pues aunque la gran mayoría lo haga por puro resentimiento, en el fondo creo que es una práctica que debería proliferar. Estamos acostumbrados a la trampa, al engaño, a idolatrar al que defrauda, a creer que es más listo el que lo consigue… y así nos va. Nos parece normal que la gente consiga subvenciones sin merecerlas; que cobre del paro trabajando en negro; que se haga la baja para irse de viaje de placer; que pida facturas sin IVA o que evite pagar impuestos con las más variadas tretas y, sin embargo, nos escandalizamos porque un político meta mano en la caja y pedimos con vehemencia que acabe con sus huesos en la cárcel. Es una estúpida doble vara de medir que nunca entenderé.

Una gran mayoría de españoles pagamos religiosamente nuestros impuestos para que el país funcione mientras algunos (o muchos) viven a cuerpo de rey evitando hacerlo.  ¿Y nos tenemos que callar para no ser considerados “chivatos”?