martes, 25 de enero de 2011

Los cigarrillos electrónicos pueden ser peligrosos y son poco eficaces



La reciente entrada en vigor de la modificación de la Ley Antitabaco ha provocado un curioso antagonismo entre dos sectores económicos: los bares y restaurantes se hunden al bajarles los ingresos más del 50% y las farmacias, se forran.

Muchos son los ciudadanos que, aprovechando la nueva prohibición de fumar dentro de los bares, se han propuesto dejar definitivamente de fumar. Aunque, claro, la cuestión no es sencilla. Ante la dificultad que supone este reto, lo más habitual es acercarse hasta la farmacia más próxima y hacer acopio de varios productos que puedan ayudarle a tener éxito en su empeño. Los chicles de nicotina, los parches o las pastillas vuelan por los mostradores. Se han convertido en los príncipes de las farmacias. ¿Y quien es el Rey? Sin ninguna duda: el cigarrillo electrónico.


El artilugio es simple: se asemeja a un cigarrillo, se usa como un cigarrillo y sabe como un cigarrillo, sólo que no es un cigarrillo porque no exhala humo. Bajo su aspecto cilíndrico, se esconde una batería y una recarga con o sin nicotina, aderezada con diversos aromas (vainilla, menta, tabaco...) y otros ingredientes. Su principal ventaja es que no contienen la mayoría de sustancias nocivas que llevan los cigarrillos y que se pueden “encender” en cualquier lugar ya que no desprende humo sino vapor de agua. Pero, ¿son seguros? Y lo más importante, ¿son eficaces para dejar de fumar?

Respecto a la primera pregunta, ni los mismos científicos se ponen de acuerdo. Según la agencia estadounidense del medicamento (FDA), varias marcas de e-cigarrillos contienen sustancias cancerígenas (nitrosaminas, por ejemplo) y tóxicas (como el dietilenglicol, que es un anticongelante). Sin olvidar, naturalmente que contienen nicotina. La Organización Mundial de la Salud (OMS) por su parte ya advirtió hace dos años de que no hay ninguna evidencia que demuestre la seguridad o la eficacia de estos e-cigarrillos. En España, como de costumbre, existe un vacío legal que permite que estos cigarrillos no estén regulados ni como medicamentos ni como productos sanitarios. Por lo tanto, nadie se ocupa de investigarlos.

Indudablemente, siempre serán menos perjudiciales para la salud que los cigarrillos normales, pero no saber a ciencia cierta lo que contienen provoca un cierto miedo justificado entre los consumidores que saben esta circunstancia.


En cuanto a la eficacia para dejar de fumar, las cosas están más claras: especialistas en deshabituación tabáquica recalcan su ineficacia como ayuda contra esta adicción. Es más, afirman que tienen un impacto negativo sobre la prevención ya que aparte de asemejarse mucho a los cigarrillos, mantienen el mismo gesto que se realiza al fumar. ¿Cómo van a olvidar los fumadores el hábito del cigarrillo si se pasan el día entero succionando y exhalando?

A pesar de todo, las farmacias (y también los herbolarios, centros comerciales y venta por Internet) están haciendo su agosto: desde octubre del año pasado empezaron con su particular "escalada de ventas" de cigarrillos electrónicos y están desbocadas (en los primeros días de este mes de enero, las ventas han llegado a aumentar un 200% con respecto a las primeras semanas de diciembre de 2010).


Si lo que busca es dejar de fumar, olvídelo; pero si lo que quiere es poderlo usar en lugares “libres de humo” para sobrellevar mejor el “mono”, éste es su producto.
Un poco caro (entre 40 y 60 euros) y no se sabe si peligroso o no, pero ¿imaginan entrar en el mismísimo Ministerio de Sanidad dándole una calada a su cigarrillo electrónico?